jueves, mayo 06, 2004

Es que me desconecto y me conecto y no hallo mi lugar y es que escribo sólo para escuchar los ladridos de las teclas y siento sus filosos dientes sobre la punta de los dedos. La punta de los dedos. La sangre en la punta de los dedos. Es que hasta hace dos segundos me estiraba como un gato y amenazaba con precipitarse mi aneurisma. Y no puedo escribir tan rápido como me vienen las palabras, ese raro proceso de enciende y apaga en el cerebro al que algunos llaman epistemología y yo sé, lo he descubierto a hace poco o tal vez lo inventando hace muchísimo, que son las palabras quienes producen el brote, el salto entre la realidad, la mente y el conocimiento, ese mito que no quiere ceder lugar a las certezas demenciales. Y es que pienso que lo supe todo ese día (ese día es siempre) y no hubo lugar para renunciar, no hubo instante para decir se acabo, no va más. Y luego la rutina y la vida y la rutina y la vida y lo demás y lo demás que es todo. Todo repetido hasta la permutación ultima, mas no infinita que no alcanzaré a ver. Y luego ese sabor a herrumbre y a calcio, ese sabor de la muerte que esta allí (en todos lados) y la incoherencia y el enamoramiento en vano con el lenguaje. Y el calor y el viento, los cuatro puntos cardinales, y ese misterio. El misterio, que todo lo embriaga, lo embarga, lo amarga.