IIIEl ángel aleccionadorLe decia:
quieres darme una lección.
Quieres que aprenda a guardar el silencio
bajo la lengua mientras los ilusos hablan.
Que yo me vuelva como tú, eso quieres.
Que sea nadie, menos que nadie.
Una brizna de hiel en un frasco de formol.
Quieres que sea como tus verduleras, tus putas tristes,
tus mujeres buenas.
Que baje la vista ante el brillo amargo de tus alas
mientras desdoblo la ropa y ocupo mi lugar
en el charco de semen que dejarte ayer
sobre la cama.
Tengo que tender la cama.
Quieres que ponga la otra mejilla. Y luego la otra.
Y luego las manos, las nalgas, los muslos,
bajo el golpe de la regla de madera que te regaló tu
maestro de primaria.
Quieres que te dé las gracias.
Quieres que deje de mencionar los nombres
de los lugares comunes. Los otoños en París,
los veranos en Madagascar, el viaje a Florencia.
Nunca quieres que te cuente de las costas
de Bali.
Que me olvide de las sábanas de seda, el perfume
de algas, el oporto, el té de menta.
Que uses palabras simples, quieres.
Quieres que te la mame.
Quieres que aprenda a imprecar con la dorada
languidez del héroe que nunca fuiste.
Que te sea infiel y lo cuente.
Que diga chistes.
Que me vuelva mala para ser un poco como tú, menos
que nadie, menos que nada.
Que te alborote el pelo y te unte el sexo de saliva
y deje moretones en el cuello para que salgas
con cara de feo en el retrato de la sagrada familia.
Quieres que te adore, que adore tu verga, tu culo,
tu semen, tu mieda.
Quieres que te coja.
Quieres ser mi mujer.
Quieres darme una lección.
Quieres ser un dios caído, una fruta agria,
un ángel aleccionador.
Cristina Rivera-Garza. Los textos del Yo.