martes, noviembre 11, 2008

No puedo leer a Liddell porque hay algo que en verdad duele. Algo que subyace más allá del escarnio, del autosabotaje, del sentimentalismo que lo inunda todo. No puedo leerla porque me causa pudor, me causa cosas ajenas. Me dan ganas de huir, de no escuchar, de decir mil veces no y salir corriendo detrás de lo ignorado. No quiero leer a Liddell porque me hace volver a las causas perdidas, me desenfoca, me golpea las visceras de forma atroz. Me hace querer decir la palabra amor y la palabra sangre a todas horas. Me hace querer creer en el texto, en el poder del texto y al mismo tiempo me deja inválida y estupefacta, me mata de una manera milimétrica y particular. Me vuelve una punzada. Me hace querer ser los siglos de los siglos y el amén. Me hace querer correr por las noches hasta no sentir mñas, hasta reventar los pulmones. Me hace querer enamorarme hasta la médula, sabiendo que no hay reciprocidad posible. Me hace querer apostarle al cliché de morirse de amor y de lo que lo imposibilita. Querer volver a lo equivocado, procurar lo equivocado como única vía, desear las paredes contra la cara, las puertas contra la cara. Querer ser la que se desepera y grita. La que no puede más y fragua la mordedura tajante en las yugulares. No quiero leer a Liddell al mismo tiempo que no quiero evitarlo.

1 comentario:

Rain dijo...

Lo que has escrito suscitan ciertas poderosas escrituras, creo...