jueves, octubre 29, 2009

La devoción.

Me gustan las iglesias, quizá porque crecí lejos de la obligatoriedad de la fé, quizá porque son lugares muy quietos. Lugares que aparecen en los sitios más inesperados cuando la lluvia decide. Algo que tiene que ver con una casa sin dueño. La tranquilidad del lugar, el atentísimo oido ante cualquier paso mínimo. El vouyerismo sin morbo.

Entro al recinto y parece arder sin que el fuego lo consuma todo. Hay un hombre que le reza a su virgen, una mujer que entrelaza las manos y murmura secretos. Hay gente que duerme, gente que no se irá porque no tiene otro lugar. Hay niñxs que rien y caminan y saben. Detengo la vista en el hombre, pienso en como en ese recinto cae su mascarada sobre la masculinidad, contruida tan meticulosamente, veo al hombre tan despojado de sí, tan absorto en el rezo, no es un hombre bello, ni blanco, ni legitimo y es justo en ese momento cuando viene a mi cabeza, la contundecia y la necesidad de la devoción. Observo este muestrario y sé que alguien seguramente me observa observandolo.

Respiro y permanezco por un largo rato en el silencio arquitecturador de ese recinto.
Cuando salgo me pregunto cómo es posible ese silencio en esta backdoor city.

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