jueves, julio 29, 2010



Saber la muerte me estrece. Como el sexo, me estremece.

Pienso en la muerte y lloro. De forma casi imperceptible mi memoria vuelve a las largas horas del sexo. Un filme de años. Recuerdo las carreteras y las trayectorias, los anuncios luminosos de aquellos hoteles, recuerdo (aquí cabrían las caricias, el sabor de las salivas, el aroma de los cuerpos), las velocidad de las respiraciones, el pelo volando en el coche descapotable. Recuerdo la forma en que hablábamos largas horas en esas camas mientras contemplábamos el Pacífico, recuerdo el sabor del tabaco que se acentúaba en la lengua y se mezclaba con el sabor de la brisa marina.

Pienso en las horas de sexo y las ciudades se me desfilan como cuerpos y puedo recordar perfectamente cada una de las respiraciones de esos encuentros, tantas ciudades en distintos continentes. Tanta muete incrustada en los poros.