martes, diciembre 14, 2010

Yo sé donde soy. No quiero decir yo sé quien soy o yo sé dónde estoy, quiero decir exactamente: yo sé donde soy. Hablo con ella. Su boca infatigable contándome los hilos de las cosas. La erinias saliendo por su boca, ella habla de Tisífone y al inicio de la conversación yo sólo concibo en mi lengua callada el nombre de Megera. Sólo puedo sentir a Megera. Ella no sabe nada y yo vengo herida y espero. Escucho y espero. Ella habla del allá y pregunta: ¿cuánto puede soportar una ciudad?, mi epidermis se estremece mientras ella se autocontesta: siempre hay más, cuando piensas que ya se ha acabado siempre hay más; yo me vuelvo absurda, me siento despreciable y egoísta, me siento ridícula al pensar en mi propia herida. Un corazón para los perros no importa (desde hace meses era un corazón fantasma). Pero sus retinas y sus alvéolos siguen hablando y el músculo de estúpido parpadeo empieza a reconocer que sigue latiendo, que aquello es mayor que esto, que eso es la realidad, que la ficción con la que se entretiene la comodidad de mi cuerpo se acaba porque aquello es de verdad, aquello es la pura verdad. El amor no era para tanto, pero la violencia es algo que nos circunda. Algo que contruye puentes y aristas y manos pulidas y orificios que detienen la respiración, que compone sinfonías de ráfagas y dinamita. La violencia es lo que de verdad me arrasa y yo no puedo dejar de sentir que esta herida mía es insignificante porque es individual, intransferible y burguesa. La certitud de la violencia acaba con mi tristeza y su posibilidad. La revolución son aquellos parajes que están llenos de aire, llenos de vida, aquellos que bajo las peores condiciones siguen respirando.