jueves, febrero 24, 2011

Hay una secuencia donde veo mi vida contigo: las manos, el tiempo sin lenguaje, las calles que cruzabamos mientras el estrépito y la intensidad se llamaban sangre y fuerza. En este lugar que es el silencio, entre la bruma hay mirillas escondidas, yo acerco mi ojo y nos veo, cada escena: un momento tenue e indescifrable.

R, está en mi hombro y me dice: tienes que decirlo, tienes que decirlo, tienes que...
R, me exige que vocalice una frase que hace que sienta como si mi garganta fuera parar un piedra. Mi boca tiembla, pienso que la frase es impronunciables. R, sigue repitiéndo: tienes que decirla, si quieres salir de aqui, de este silencio, si quieres que volvamos a contruir, si quieres fundar edificaciones de lenguaje.

Yo sigo observando por las mirillas, cada puerta una fecha. Finalmente, casi de forma gutural y dolorosa lo digo: me perdono, me perdono, me perdono.

Encamino mis pasos a esas extensiones inconmensurables del lenguaje.