lunes, mayo 02, 2011

Se recuesta sobre la montaña izquierda de mi cuerpo. Viene cansada, aturdida, atribulada. Viene con el pelo despeinado por la tempestad. Viene jadeante como si viniera del desierto y los pies le sangraran y la lengua fuera un pergamino a punto de romperse o deshacerse al contacto con el agua. Así viene R, así se tumba sobre mi cuerpo, mientras me comunica que se quedará acostada en mi seno izquierdo para contemplar las nubes y volver a ser feliz. Me pregunta: ¿por qué no entiendes nada?, ¿por qué me haces trabajar así?, ¿porque me arrastras en tu obstinada inclinación de salvar lo insalvable?, ¿por qué no te tiendes aquí conmigo y nos olvidamos de que el mundo es una pared y otra pared, un puño de arena sobre los ojos?

Yo respiro y me tiendo junto a ella, mientras me coge la mano y se aferra a mi meñique.