sábado, agosto 20, 2011

El aroma dulzón de ciertos perfumes, la vainilla inundando las narinas. El no poder. El no querer oler así, ese aroma de las abnegadísimas, las tenues, las obedientes. En cambio la brisa marina, que recuerda al sexo, el olor de los sargazos, de las cosas que se escurren. Más océano que montaña.