sábado, enero 29, 2011

R, me dice: garrafal. Lo dice como si la palabra significara lo que ella quiere que signifique y no lo que tú y yo sabemos. R, se ríe. Esta tendida boca arriba, labios entreabiertos y espeta: me gusta. Yo me pinto las uñas: gota de sangre sobre las raíces de las manos. R, vuelve a decir, sin verme, me gusta cuando te dibujas las raíces, me gusta tu concetración milimétrica, tu darte en cada pincelada. Me gusta que el resultado nunca se parece a lo perfecto. Me gusta que las teclas sean tu lija. Yo quiero preguntar, pero R me interrumpe: míralas bien, son rojas, tú vienes de allí, que no se te olvide nunca el rojo.

Yo despierto.

Tania Candiani. La historia. 2007
El exilio tiene mucho nombres. Aquel día R se fue, no dijo nada solo se fue y yo supe. Yo supe como sé ahora que me tocaba atravesarme y ser atravesada. Aquel día R, se fue y yo dormí por primera vez en una casa de campaña.
R, me dice que abrace a un árbol, que cierre los ojos y sienta las paredes rugosas de esa casa, que deje de serrarme los ojos con lágrimas. Me dice que llore, que llore mucho mientras abrazo al árbol, que de esta forma el agua no será desperdiciada y volverá al ciclo de la vida. Me dice todo esto mientras su túnica negra cruza el desierto, mientras sus pies desnudos surcan el mundo. Me dice todo esto de espaldas. Su voz se siente como líquido amniótico alrededor del cuerpo. Dice más. Habla del mercurio y su multiplicación. Luego se calla.
Yo despierto.
Nota mental 3:

Es momento de cerrar la puerta.

viernes, enero 28, 2011

R atraviesa el desierto y me manda noticias desde allí. Me habla de la telaraña de luz que cruza a diario. Dice que cuando termine volverá. Dice que 6 meses sola cruzando la tundra y el desierto, que la soledad le da fuerzas para quitarse las máscaras. Dice que no se arrepiente. Que todo esto era necesario. Dice, finalmente, que algun día iremos juntas a un manglar.
Yo despierto.

jueves, enero 27, 2011

Todo sucedió dentro de esa luz. Luz de filigrana casi respirable. En aquellos días hablabamos en lengua extraña, de cada frase sólo entendáamos triángulos del sexo. La luz se nos pegaba a los globos oculares y entonces, con el velo en los ojos, alargabamos las manos hacia la realidad. Recuerdo cada exhalación y cada vibración en los dedos. Esa desadcripción exacta, el andar a la intemperie, el ser la intemperie que fascina. Le decía que todo sucedió en aquella luz ambarina. Luz que tiene años, uñas y ojos. Todo sucedió allí y allí se quedó.
Nota mental 2:

Se trata de vivir, no de sobrevivir.
No puedo hablar de lo que leo porque es inédito. Pero si pudiera decir, le diría que en estos días de slow motion corporal y descargas sinápticas conectadas al miocardio, lo que leo me regresa al aquí y me hace trazar pactos con la belleza y la risa.


No es sólo por la lluvia que no termina de caer. Ni tampco se debe a la bruma y al vaho contra los cristales. No se trata tampoco de las ganas que tiemblan en el cuerpo cuando la escritura. No es nada de eso, pero en la antipodas, veo la tolvanera del desierto, los caballos a galope y sé que pronto, pronto llegará la luz y con ella la codiciada ledicia.

miércoles, enero 26, 2011

Para despedirme de vos, tendría que reinventalo todo, de nuevo.

lunes, enero 24, 2011

Si usted viniera de donde vengo, sabría que hacer la lucha, también significa (sobretodo significa) sobrevivir, trabajar, no claudicar. Hacer la lucha significa levantarse por las mañanas y apoyarse sobre ambas piernas, caminar al nuevo día. Sí, caminar al nuevo día. Respirar. Hablar. Vivir luchando. es decir, sobrevivir incansablemente, críticamente desde la exactitud de lo situado. No claudicar y tener comida que llevarse a la boca. Esa es la lucha, que en nuestro allá conocemos. Le digo también que su lucha también es mía, que quiero hacer mi lucha y la suya.
Cuando digo: hago la lucha: no odio. No digo la palabra rendición. Sé de la sublevación sin odio. Sé de la energía del paisaje, de las fuerzas motoras, de la sangre que cabalga enloquecida. Cuando digo: no idio, no digo calma. No digo resignación. Digo sólo: no odio. Hago la lucha. La lucha sin odio. La lucha que hace que mi deseo sea más fuerte que mi odio. Cuando el odio irrumpe en el cuerpo, la balanza se inclina a favor de los rivales.
Me duelen las manos por el frío. Todo está cambiando. Me doy cuenta de que la poesía vuelve, vuelve, vuelve. Me duelen las manos y me tiemblan, todo está cambiando. Me doy cuenta de que desde que vivo en esta coordenada del planeta, nunca he vivido en una casa con calefacción, o en su defecto en todas las casa con calefacción que he habitado he entrado en verano, cuando la calefacción no es necesaria, y he migrado justo en el momento del crudo invierno, en el momento de la intemperie en los huesos. Me doy cuenta y me río. Soy un anti-pájaro, un ave que migra al contrario. Me doy cuenta de que a veces, unx sólo vive sin pensar en el frío en las manos, sin pensar en los finales, sin dejar que el sol del desierto y su calor abrasador nos abandone.




Para que mi médula se conserve intacta lucho contra el odio. El odio es un motor, un segador de árboles, un estrangulamiento de la risa, el momento de laxitud más triste. El odio es ya no tener jamás secretos.Para que mi médula se conserve intacta (y siga siendo esa cosa húmeda y rosácea, un color que sabe a vida, a saberes indescriptibles), para que siga palpitando y no esté al alcance del aire: lucho. Hago la lucha. No odio.

domingo, enero 23, 2011