lunes, diciembre 02, 2013

La cuestión del aborto. Montserrat Galcerán

La cuestión del aborto
30/11/13 · 8:00
Edición impresa
Ilustración / Isa.
Ecuador. Tras la alocución del presi­dente Rafael Co­rrea negándose a despenalizar el aborto en casos de violación, una ola de malestar sacude a varios sectores del país. Espe­cialmente entre los grupos feministas y los movimientos de mujeres que, sin embargo, no son lo suficientemente fuertes como para desen­cadenar eficaces acciones de res­puesta. Parte de las mujeres que ­lograron introducir los temas de género en la Constitución de 2008 ­están colaborando en la administración del Estado, pero tienen poca ­capacidad de incidencia en la determinación de las políticas. Otras han quedado fuera de la política institucional, pero al tiempo han perdido el enlace con el movimiento. Éste pervive en la Asamblea de Mujeres Populares y Diversas y en otros grupos y colectivos de mujeres jóvenes, aquellas justamente a las que el presiden­te denominó, con absoluta incontinencia verbal, “muchachitas desubicadas y malcriadas”.

La Asamblea de Mujeres Populares y Diversas y en otros grupos y colectivos de mujeres jóvenes, aquellas justamente a las que el presiden­te denominó, con absoluta incontinencia verbal, “muchachitas desubicadas y malcriadas” Gracias a los esfuerzos de una legión de mujeres, que porfiaron en ello, la actual Constitución de Ecua­dor es una de las más avanzadas en cuestiones de género. Indica expre­samente que la paridad debe ­presidir la composición de todos los ­órganos gubernamentales y administrativos; y exige que se introduzca la perspectiva de género en todos los planes y programas. Sin embargo este mandato no se cumple, ya sea por inercia machista, por desa­cato explícito, o porque las mujeres activas en los órganos de la Adminis­tración no reúnan los requisitos exigidos.
Esto es una prueba más de que la paridad, por bien intencionada que esté, no logra desestabilizar el poder masculino y sólo consigue aupar a posiciones de poder a las pocas mujeres que están en situación personal, profesional, económica y cultural de compartirlo. Para el resto, y para una gran parte de las mujeres pobres y con escasa formación, esos puestos siguen siendo inalcanzables. Por eso un sector radical del movimiento feminista no ceja en sus críticas a las “tecnócratas de género” cuyos esfuerzos tampoco han podido impedir este último ataque. Como en otros países, este feminismo institucionalizado o en proceso de institucionalización tiene poca garra política anti-sistémica y sólo consigue perpetuar el poder sobre las mujeres.

Convicciones morales

Tampoco es capaz de protegerse a sí mismo. El presidente ha entendido que la iniciativa de algunas asambleístas [diputadas] de Alianza-País [el partido de R. Correa] para despenalizar el aborto en caso de violación, supone una deslealtad y una traición a los acuerdos suscritos para las elecciones. Y sugiere que estas mujeres se habían apuntado torticeramente a la coalición aún a ­sabiendas de las convicciones religiosas y morales del candidato presidencial. Pide sanciones para ellas e incluso se plantea solicitar su revocación: para él es más importante la supuesta lealtad al proyecto que la defensa de posiciones clave, como podría ser la cuestión del aborto. No duda en acusarlas de falta de visión política pues privilegian una cuestión moral que nada tiene que ver con la justicia social. Y nosotras nos preguntamos: ¿cómo es posible tanta ceguera? “Yo vengo aquí a defender mi tierra porque es el modo de defender una
vida digna para mis hijos. Pero no quiero que me hagan tener aquellos hijos que no deseo”.

En la constelación de colectivos ecuatorianos que se han pronunciado contra esta decisión un grupo muy importante son las mujeres amazónicas. Hace unos días estas mujeres llegaron a Quito desde la Amazonía con sus pertenencias y sus hijos a cuestas, dispuestas a entrevistarse con el primer mandatario. No consiguieron que las recibiera, pero en las asambleas públicas hicieron oír su voz con un nuevo acento. Para ellas el tema del aborto está ligado a la defensa de sus territorios y comunidades, y se enlaza a la protección del Yasuní. Ambas son cuestiones de justicia, de equidad y de defensa de una vida digna. Como dijo una de ellas: “yo vengo aquí a defender mi tierra porque es el modo de defender una vida digna para mis hijos. Pero no quiero que me hagan tener aquellos hijos que no deseo”. La soberanía de las mujeres sobre sus cuerpos es un elemento esencial de la capacidad para decidir sobre sus vidas y condición básica para participar políticamente.

Mujeres, naturaleza y derecho al aborto

No olvidemos que la Constitución ecuatoriana reconoce los derechos de la Naturaleza a ser cuidada y reproducida, lo que aquí en Ecuador se llama el Buen vivir o Sumak kawsay, el cual es, a su vez, un principio constitucional. Este principio establece una relación directa con los movimientos de mujeres indígenas ya que ahí donde nosotras, las occidentales, decimos “feminismo”, ellas traducen “buen vivir para las mujeres”. E incluso dan un paso más. Co­mo señala el colectivo boliviano “Mujeres creando”, no se puede descolonizar sin despatriarcalizar. El patriarcado supone un control “colonial” sobre los cuerpos de las mujeres que corre parejo del dominio ­colonial capitalista. Por eso no es posible que los nuevos gobiernos latinoamericanos logren descolonizar hacia afuera sus territorios si mantienen las colonias internas sobre los cuerpos y las vidas de las mujeres. El derecho a un aborto seguro es el derecho a no morir por trasmitir la vida. Las mujeres no somos seres depravados y licenciosos, que no cuidamos de nosotras mismas, como quiere presentarnos la misoginia patriarcal.

Nuestro cuerpo es "la tierra"

En este marco ellas no plantean la defensa del derecho al aborto como el derecho al uso y disfrute de nuestro cuerpo desde una con­cepción individualista. Sino que re­sal­tan la analogía con la tierra como fuente de vida: nuestro cuerpo es la “tierra” que nos da vida y permite nuestra subsistencia. Los hijos, fruto de esta “tierra”, deben ser alumbrados donde puedan crecer y por consiguiente el aborto debe ser entendido como un “acto de amor” que protege a las mujeres y a sus hijos/as de toda la violencia sexual de la que pueden ser objeto.
El derecho a un aborto seguro es el derecho a no morir por trasmitir la vida. Las mujeres no somos seres depravados y licenciosos, que no cuidamos de nosotras mismas, como quiere presentarnos la misoginia patriarcal El derecho a un aborto seguro es el derecho a no morir por trasmitir la vida. Las mujeres no somos seres depravados y licenciosos, que no cuidamos de nosotras mismas, como quiere presentarnos la misoginia patriarcal. Las mujeres, también las más pobres y desfavorecidas, somos seres inteligentes y capaces de interpretar nuestros deseos y nuestras posibilidades. Cuando una mujer decide abortar es porque no puede hacerse cargo de esa nueva vida, por diversas que sean las razones para ello. El aborto es algo milenario, lo único que cambia es que pueda hacerse en condiciones de seguridad o deba hacerse a escondidas y con riesgo para la salud de las mujeres.
Por mucho que se empeñen los dirigentes, las mujeres seguiremos abortando, pero las adineradas se costearán un procedimiento seguro, mientras que las pobres se arriesgan a morir por ello.
En un país donde 125.000 mujeres abortan cada año, exigir a una mujer que queda embarazada a consecuencia de una violación que tenga a esa criatura es una maldad ­patriarcal extraordinariamente perversa y dañina para todas las mujeres.
Si tocan a una, nos tocan a todas.
Montserrat Galcerán es militante social, ensayista y filósofa