sábado, diciembre 16, 2017

El frío y las ganas

Vuelven las ganas de escribir.

Observo la ventana y la neblina que mece una palmera airosa,

una palmera que en su vaíven al lado de mi ventana
me hace pensar en lo vivo,
una palmera que debería estar furiosa,
pero que vive y sobrevive en mis retinas.

Me pongo de pie,
observo el gran ventanal en dirección opuesta
veo el mar, gris, fundido con la niebla
y no veo, pero intuyo, sus incesante oleaje
y veo el horizonte gris y vuelven las ganas.

Vuelven las ganas de escribir,
otra forma de decir,
vuelven las ganas de estar viva.

Siento como si mi lengua cercenada
fuera una salamandra que vuelve a crecer,

siento que las manos ya no son sólo fantasmagorías
académicas exahustas,

mis manos se mueven con ganas,
con los mismos brios sobre estas teclas
que cuando están adentro de una mujer.

El malestar está desapareciendo con la niebla.


La potencia del frío

Llegué a Princeton y me recició el frío y su sorpresa. Había olvidado la potencia energética del frío, sus besos helados sobre la cara. Las ganas de saltar y correo para que el cuerpo sobreviva. Hay algo iluminar y activo en la punzada de sentir el viento helado recorriéndonos. Todo ese blanco como una epifanía sin alfabeto cubriendo los arboles, las calles y la ropa. Toda esa nieve diciendo que hay una alegría inusitada en el aire gélido que despeina y desempaña la cabeza.